EL MAESTRO ALTAMIRANO

Hace ya muchas letras

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

EL MAESTRO ALTAMIRANO

  

Se dobla en tus orillas cimbrándose el papayo,

el mango con sus pomas de oro y de carmín;

y en los álamos saltan, gozoso el papagayo,

el ronco carpintero y el dulce colorín.

 

¿Estos versos nos suenan familiares? Por supuesto, los dedica Ignacio Manuel Altamirano, devotamente, a la feracidad de la Naturaleza, al Río Atoyac. Y ¿por qué recordar a Altamirano en este mayo? Altamirano, el gran patriota, el bravo soldado de los ejércitos liberales, el gran intelectual cuyo magisterio no sólo pertenece a la cátedra, sino también a los jóvenes artistas deseosos de cantar a México: él estimula y aconseja a los espíritus dispuestos a la escritura: a quienes sólo tenían un modo de expresión para sus ansias, para sus metas, para sus ideales. Y él, Altamirano, el Maestro, enseña a todos sus discípulos el amor a nuestra Patria: les hace vivir los agobiados colores que, después de tantas guerras –Independencia, Invasión Norteamericana, Intervención Francesa, Segundo Imperio y batallas entre hermanos–, ya agonizaban deslucidos por el polvo y la sangre de la tierra convertida en cementerio de héroes anónimos.

El 15 de julio de 1867 Juárez hace su entrada triunfal en la Ciudad de México y se inicia el período histórico que conocemos como República Restaurada. Es el instante de la reorganización. La pluma sustituye a los tambores de guerra y la palabra recoge el dolor. La hora de la renovación y del trabajo en todos los órdenes ha llegado. El nacionalismo ha de ser la ideología y el camino. La nación está en caos y requiere de una atención multiplicada hacia diversos campos, todos urgentes, todos inaplazables y todos dentro de uno de los mayores apremios económicos jamás padecidos. En este devenir tumultuoso se yergue la figura señera de Ignacio Manuel Altamirano, siempre al servicio de la Patria: en el campo de batalla como coronel de sus ejércitos, en la tribuna con su voz clara y potente de orador parlamentario, y en la prensa periódica como conciencia vigilante y guiadora de los destinos espirituales del Estado. Con absoluta convicción lucha por una República sensible y culta a la altura de las grandes ideas y partícipe de las propuestas más nobles. Convoca a científicos, artistas e intelectuales, arenga a los mejores hombres, inflama sus corazones, y con los acordes de su verbo sonoriza la atmósfera del país entero, y encuentra un eco solidario en todos los mexicanos. Era imposible no escuchar a ese espíritu capaz de amalgamar en su centro la férvida y vibrante pasión patriótica transformada en un discurso recio, conmovedor, elegante, seductor.

El Maestro Ignacio Manuel Altamirano revela a los poetas el secreto pincel para forjar en sus versos los temas nacionales, para plasmar los púrpuras y los anaranjados estentóreos de nuestra tierra noble y opulenta, para reinventar el lujurioso ocre de nuestras gigantescas ceibas, para matizar el arcoiris brillante y ostentoso de nuestras aves apenas avasalladas por el Sol.

El Maestro Altamirano contempla a un México grandioso del que, en cada momento de nuestra vida, nos sintamos orgullosamente sus hijos. Su lección es perenne. ¡Escuchémosla siempre! ¡Salve, Maestro!

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