DE MASCOTAS Y OTROS SECUESTROS

Hace ya muchas letras

Ana Elena Díaz Alejo

 

 DE MASCOTAS Y OTROS SECUESTROS

 

Debo confesarlo: ¡tengo en casa dos gatos a quienes me niego a considerar mascotas: Ulises y Salomé son mis amigos bienamados con quienes comparto mi hogar. Y conozca usted mis motivos: acudo al diccionario y me ofrece esta espeluznante definición: “mascota: 1. Persona, animal o cosa que sirve de talismán, que trae buena suerte. 2. Animal de compañía”. Hasta hoy me entero de la existencia de la especie “persona-mascota” cuya finalidad es la de “traer buena suerte”. Y si le interesa conocer la definición de hámster, escuche usted: “Del alemán hamster. Roedor de pequeño tamaño, semejante al ratón, que se emplea como animal de laboratorio y de compañía” (!!!). Me alarma citar al Diccionario de la Academia Española de la Lengua: ¡ésta es una definición de ascendencia nazi! Evidentemente, aún no se han eliminado las huellas más vergonzantes del franquismo.

 

¿En qué momento se inició esta degradación? ¿Es acaso la ley del más fuerte y su lamentable impronta? Si usted tiene el valor de acudir a una “tienda de mascotas” escuchará de los empleados las fortalezas de cada especie confinada, principalmente las de aquella que, a ojo experto, consideran que satisfará esas urgencias mostradas por cada cliente. Le harán ver el encanto de ese perrito cuyo futuro será el de celoso guardián de su casa; corresponderá a la seguridad del hogar a costa de su vida; proveerá el amor, la docilidad, la fidelidad, la obediencia –atributos tan apreciados por los “seres humanos” que desconocen la palabra libertad–, “virtudes” que los cánidos entregan a borbotones: en ellos se ha realizado a plenitud el “síndrome de Estocolmo”.

¿Ha visto esos cajones de plástico transparente convertidos en hábitat de conejitos prisioneros entre variados juegos encarcelados? ¿Se ha detenido a mirar esos frágiles polluelos exóticos, afelpados de ternura sentenciada a domicilios sin apegos? ¿Se ha conmovido ante los maravillosos pajarillos trinadores cuyo futuro se realizará dentro de unas doradas y hermosas rejas hogareñas construidas por lastimeras mujeres infelices? ¿Ha escuchado a esos loritos australianos prescritos a las hembras deseosas de domesticar al primer varón alcanzable? ¿Conoce la mirada de esos falderillos, ingenuos y dulces sustitutos de maternidades frustradas; o la de los canes masoquistas anhelantes del maltrato ─gozoso preludio de alguna displicente caricia en el testuz─? ¿Ha contemplado a esos hamsters destinados a la regocijada crueldad del nene-rey del hogar o a la sesuda masacre de un científico en su laboratorio? Y no olvidemos a esos “criadores” infatuados en diosecillos hinchados y orgullosos de “inventar” costosas “nuevas razas…”

Siempre hay excepciones: los pequeños felinos, en cuanto seres independientes, son definitivamente indeseables, aunque ya sabemos: a los mayores sí se les puede encadenar para diversión del público de todos los niveles. ¡Ay, caro lector!, ¡conocemos tantos casos!

¿Por qué no amamos a todos los seres vivos por ellos mismos?, ¡o no los amemos, pero no los sometamos a nuestra sospechosa voluntad! ¿Por qué hemos de exigir provecho de quienes nos obsequian su compañía? ¿No acaso gritoneamos en cuanto surge la palabra amor? ¿No sería más digno satisfacer nuestras miserables necesidades de afecto en actitudes menos crueles e hipócritas? ¿Por qué no reconsideramos eso de ser “los más fuertes” y pensamos en la llegada de un día… un día… en el que alguien verdaderamente fuerte no sienta ninguna piedad por nosotros? ¡Nos lo ha avisado un poeta!

 … y si la lombriz se traga la simiente,

 la gallina a la lombriz

 y el hombre a la gallina…

 ¿por qué Dios no se ha de tragar también al Hombre?

 ¡Gran manjar es el Hombre!

 ¿No ha pensado usted nunca, señor Arcipreste,

 que bien podemos ser el alimento de un dios glotón y monstruoso?…

 

(León Felipe, “Pedigree”, El ciervo y otros poemas)

 

 

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