NAUFRAGIOS

NAUFRAGIOS

Fernando Curiel

 

Para Virginia Guedea

 

Uno. El 15 de abril de 1912, siendo las 2.00 horas de la madrugada, las heladas aguas de Atlántico Norte, engulleron en un santiamén al Titanic, navío aproado a Nueva York, que se juzgaba insumergible. Procedía de Inglaterra, travesía anunciada con bombos y platillos en ambas orillas atlánticas. Un iceberg interrumpió su singladura. Catástrofe de la marinería y de la Modernidad. En 1914 empezaría a naufragar Europa.

Dos. Poco más de un año antes, el 25 de marzo de 1911, se había ido a pique, luego de colisionarse con una población del norte del país, Ciudad Juárez para ser exacto, un sistema político tenido asimismo por insumergible. Casi categoría kantiana. El Porfiriato (que Alfonso Reyes distingue, en cuanto régimen, de Porfirismo, adhesión personal, y de Porfiriano, estilo de vida).

Tres. Porfirio Díaz Mori, electo por vez primera en 1876, se había reelegido, sin disputa en 1884, 1888, 1892, 1896, 1900 y 1904 y, con sus “asegunes” y peros en 1910. Campaña esta última en la que al igual que en la anterior, le había hecho oscura compañía un vicepresidente (figura establecida en 1903), Ramón Corral.

Cuatro. Lo anterior lo cuento en “Antes del Titanic”, prólogo a El crepúsculo porfirista, uno de los tomos de las Memorias de Nemesio García Naranjo (México, Factoría Ediciones, 1998). Por estrategia editorial, había pasado a Epílogo la presentación que Alberto María Carreño redactó para la primera edición.

Cinco. Apuntaba yo en la reedición que se narra con conocimiento de causa, desde las calderas por así decirlo, el hundimiento político de 1911. Narración, anticipé, no de un analista imparcial sino de un sosegado hombre de letras metido a furibundo reeleccionista. El poeta, ensayista, dramaturgo y periodista Nemesio García Naranjo. Nacido en Lampazos, Nuevo León, en 1883.

Seis. Nutrido será el contingente de fuereños que prueben fortuna en la capital de la República. De Chihuahua vendrá Martín Luis Guzmán; de Nuevo León los hermanos Rodolfo (de quien editaré la parte mexicana de sus Memorias) y Alfonso Reyes; y de Coahuila, Julio Torri. Por no mencionar de otros países, República Dominicana digamos, a Pedro y Max Henríquez Ureña.

 

Siete. Habiéndole tocado a la constelación a la que el joven Nemesio se adscribirá, la del Ateneo de la Juventud o del Centenario (por los fastuosos festejos patrios de 1910) o de Savia Moderna (por el título de la revista que publicaron en 1906), atestiguar y participar en momentos axiales de la vida nacional (orto del Porfiriato, primeras décadas de la Revolución), grandes esperanzas, prometía su ejercicio de la Memoria.

Ocho. Podemos hablar de casos de tentativa y casos de realización plena, en el propósito de dejar por escrito vida y tiempos. Entre los primeros destacan Pedro Henríquez Ureña, quien emprende, para abandonarlos a poco, unas Memorias y un Diario; Alfonso Reyes, quien nos legará una Parentalia y una Crónica de Monterrey; y Martín Luis Guzmán, quien solivianta nuestra curiosidad con una probadita autobiográfica: Apunte sobre una personalidad.

Nueve. Paso a las realizaciones. Tres ejemplos. Uno apasionado si no es que rijoso y algo difamatorio, Memorias de José Vasconcelos; otro por el contrario discreto, noticia de cercanos, El río de mi sangre de Genaro Fernández MacGregor; y, en fin, un tercero no sólo discreto sino objeto de tenaz olvido: Memorias de García Naranjo. Si bien creo de justicia añadir el caso de un ateneísta que no lo fue (tal y como ocurrió con Ramón López Velarde), Rodolfo Reyes y sus ya citadas Memorias.

Diez. Sin embargo, es de destacarse que a los tres ateneístas los reúne, de una parte, su pertenencia disruptiva al Ateneo (Fernández MacGregor, García Naranjo renuncian tempranamente), y de otro, su protagonismo educativo. Si Vasconcelos se desempeñará como Ministro de Instrucción Pública del Gobierno de la Convención, y más tarde como Rector y primer titular de la SEP; Fernández MacGregor lo hará como Rector y García Naranjo como Ministro de Instrucción Pública en el espurio gobierno de Victoriano Huerta.

Once. Aquí radica la clave de don Nemesio (“Don Renecio” para los malquerientes). Los diez tomos de sus Memorias son ostensiblemente los de un “porfirista interior” (como diría Federico Gamboa), un contrarrevolucionario; papel que ya no abandonará ni siquiera a golpe de reiterados exilios. Lo que les resta el carácter de documentos esenciales para el conocimiento de la persona y la época.

Doce. Recuento, gustoso: Panoramas de la infancia vistos desde la vejez, Recuerdos del Colegio Civil, La vieja Escuela de Jurisprudencia, Dos bohemios en París, El crepúsculo porfirista, Elevación y caída de Francisco I. Madero, Mis andanzas con el general Huerta, Nueve años de destierro, Mi segundo destierro, La repatriación definitiva. Empresa lograda por la conjunción de un grupo de industriosos coterráneos del autor.

Trece. A finales del pasado siglo me empeñe en su edición completa. A la fecha sólo lo he logrado con Dos bohemios en París y El crepúsculo porfirista. Pero no cejo.

 

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