¡J O S É  V A S C O N C E L O S !

Hace ya muchas letras

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

¡ J O S É   V A S C O N C E L O S !

 

Permítame compartir con usted mi entusiasmo al recordar a José Vasconcelos, nacido en esa Oaxaca de hombres recios: Juárez, Díaz; de artistas únicos: Tamayo, Toledo. Y también permítame recordar su presencia apoteósica en la Facultad de Filosofía y Letras en algún momento de 1956.

El anuncio de su visita fue supremo: nos visitaría uno de los promotores de la vida universitaria actual, uno de los iniciadores del México Moderno, el político más importante de su momento. En nuestra clase de Literatura Mexicana ya habíamos leído el Ulises criollo y La tormenta. La noticia era como una invitación a las puertas del Olimpo a contemplar la presencia de los dioses. Hicimos valla desde la entrada de la Facultad. El Maestro llegó acompañado de altas autoridades universitarias. De mediana estatura, su color moreno hacía muy notoria la blancura de su pelo. Su mirada sibilina nos recorrió a todos: era evidente la acusación a una juventud que no conocía lo que debía conocer.

Muchos ideales habían anidado en su cabeza y en su corazón. Su palabra  clara, firme, propia de un hombre dueño de la verdad, emitía conceptos agresivos, expresiones actuales, pasiones preocupadas por el México de ese 1956. Escrutador, cáustico y suspicaz, observaba con cierto desdén a los jóvenes ajenos a saber estar en pie de lucha para reconstruir una patria en llamas, para elevar la educación “como una misión religiosa, apostólica, que se lanza a todos los rincones del país llevando la buena nueva de que la nación se levanta de su letargo y camina”, según palabras de Daniel Cosío Villegas.

Hombre de proyectos ideológicos, intelectual nato, Vasconcelos había compartido sus esfuerzos con los más brillantes conferencistas del Ateneo de la Juventud, los jóvenes pensadores cuya ideología enfrentó a la filosofía oficial e hizo respirar un aire nuevo capaz de “propagar en el país el amor a las ideas buenas y nobles”, como bien dice Juan Hernández Luna. De entre ellos, lo apoyaron con denuedo Antonio Caso, Julio Torri y Pedro Henríquez Hureña.

Vasconcelos fortifica en todo momento la confianza otorgada por la Revolución en el poder. En 1921 es nombrado Secretario de Educación Pública bajo el gobierno del general Álvaro Obregón. Funda un departamento editorial bajo la dirección de Julio Torri. Los libros clásicos emergen de las prensas hacia un solo destino: México. Los poetas salen a los barrios y al campo, a entregar su voz al pueblo. Debían enseñar la palabra. Como saltimbancos, como cómicos de la legua, como profetas de un mundo moderno, convocan a niños y a adultos, a hombres y a mujeres, a obreros y a campesinos, a sanos y a enfermos, para disfrutar de la mesa generosa plena de letras vestidas de reflexiones sabias, de imágenes poéticas, de historias clásicas, todas ellas seductoras de inaplazable asedio.

En tardes únicas de perenne recuerdo, Julio Torri evocaba frente a sus alumnos una anécdota muy reveladora de los propósitos de José Vasconcelos: la colección de Clásicos, de riguroso traje en percalina verde, es puesta a la venta en pérgolas estratégicas distribuidas por toda la Ciudad. Los vendedores habían sido seleccionados entre los más ancianos, a la espera de una vigilancia poco estricta. De manera personal, el licenciado Vasconcelos, Secretario de Educación Pública, exige un informe especial: cada noche se le deben entregar datos sobre las ventas, pero sólo uno es de su mayor interés: ¡el número de libros robados! Su Motivo es irrebatible: si alguien se lleva un libro sin pagar es señal inequívoca de su necesidad de leer, pero también de su incapacidad para cubrir el costo del libro. Y ése es el objetivo de Vasconcelos: hacer llegar al pueblo el pensamiento, la palabra, la alta cultura. ¡Para ese pueblo han sido editados los libros clásicos!

¿En qué momento se degradaron las intenciones y se derrumbaron los proyectos? ¿Por qué se devaluaron las metas? ¡Oh, Esquilo! ¡Oh, Sófocles! ¡Oh, Platón! ¡Disculpad tanta ignorancia!

José Vasconcelos nació en la Ciudad de Oaxaca el 27 de febrero de 1882. Murió en la Ciudad de México el 30 de junio de 1959. ¡Salve, Maestro!

 

 

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