LOCURA DE UN TIRANUELO

LOCURA DE UN TIRANUELO

Fernando Curiel

 

Uno. Si bien el proyecto que me llevó a Nicaragua en los 80’s del pasado siglo, un Instituto México, quedó en veremos (sólo se logró la donación del terreno por la autoridad de Managua), experiencia extraordinaria fue la del conocimiento del país, el trato con su gente, el hallazgo de una historia jalonada por la intromisión expoliadora de los Estados Unidos, tiranos locales y gestas libertadoras.

Dos. El gobierno de José López Portillo mostraba un decidido apoyo a Nicaragua, al extremo de frisar el intervencionismo, según lo (re)cuenta en unas memorias el hijo del entonces Canciller, Jorge Castañeda; vástago aquejado de frenesí revolucionario que atemperará por completo su ingreso al gabinete de Vicente Fox de tan ridícula como patética memoria. El Instituto México se inscribía en aquel orbe.

Tres. El Frente Sandinista de Liberación Nacional, al término de una guerra sangrienta y desigual, inspirada en la que había desatado Augusto Sandino entre 1926 y 1933 (se le asesina al siguiente año), había ocupado la capital y el poder el 19 de julio de 1979. Anastasio Somoza logró escapar por un pelito (pero del “bazukazo” que lo aguardaba puntual). El frente se remontaba a su fundación a 1961.

Cuatro. Enormes expectativas, esperanzas diría, aparejó el triunfo Sandinista, no menor su inicial disposición de seguir una línea diferente a la cubana castrista, al tiempo que se compartía el poder entre los cabecillas que sobrevivieron a una lucha que nacida guerrillera se mudó insurrección popular.

Cinco. El ambiente que encontré ya exhibía cuarteaduras. Al interior los disensos entre los hombres del poder, que se recrudecerán con el paso del tiempo, y el paulatino borrado, si no del todo del propio Sandino, si de las figuras fundadoras del movimiento como Santos López y Silvio Mayorga (el tercero, Tomás Borge se contaba entre los “Comandantes” victoriosos). En el exterior, se incrementaba la “guerra de baja intensidad” encabezada por el presidente Reagan, y materializada por los “Contras”.

Seis. El primer frente no dejo de proyectarse en el proyecto mexicano, y que podría reducir a la fría recepción, negativa, mejor dicho, del Ministro de Cultura, el sacerdote Ernesto Cardenal, de apoyar el quehacer de la Agregaduría Cultural; y la decisión de que de inaugurarse el Instituto México, su control quedaría en manos no de la Embajada sino del gobierno sandinista. Punto innegociable.

Siete. Fruto de los conflictos internos, defecciones cono la del vicepresidente Sergio Ramírez, la pérdida de adhesión de sectores sociales, la extraordinaria pobreza popular no resuelta, la agresión externa, el FSLN pierde las elecciones del año de 1990 ante una coalición lidereada por Violeta Chamorro, viuda de un destacado opositor al linaje Somoza, y a su vez asesinado.

Ocho. Paradójica me resultó la experiencia de vivir un estado de guerra, sobre todo en el norte, mientras descubría la belleza de Nicaragua, tierra por naturaleza sísmica; me asomaba a su Gran Lago que en buen parte facilitaría el utópico canal que comunicaría las orillas del Pacífico y del Atlántico; recorría las ciudades de León (y la tumba de Rubén Darío) y de Granada; recorría día con día los vestigios de una Managua devastada por el terremoto de 1972.

Nueve. Imágenes desoladas por doquier. “Los escombros” se denominaba la zona centro. La Catedral y el Palacio Legislativo en ruinas, amenazando venirse al suelo; el lago vertedero de aguas negras, sobre el que proyectos internacionales de regeneración iban y venían. Con el contrapunto del señorial volcán Mombotombo; de habitantes hechos a la adversidad; poblaciones cercanas como Masaya de especial encanto. Y grandes poetas (pienso en Carlos Martínez Rivas, en una nutrida pléyade).

Diez. Pero el FSLN retomaría el poder nacional, ya no con los contrapesos de un gobierno colegiado sin en la persona de Daniel Ortega, quien, autoritario, tiranuelo, ya no soltaría las riendas, apoyado por su esposa Rosario Murillo (de la que guardo el opuesto recuerdo de las puertas que me abrió, como líder de los trabajadores culturales, y que Cardenal se empeñó cerrar, pese a sus años vividos en México y el riesgoso auxilio de López Portillo a los “muchachos” sandinistas).

Once. El espejo en el que se mira Ortega lanza ya reflejos esperpénticos. Camino a nuevas elecciones, resuelve apresar en su propio domicilio a Cristina Chamorro, hija de la que fuera presidenta del país, y su más seria rival electoral. Esperpento es el motivo: supuesto lavado de dinero, de la Fundación Violeta Chamorro; lo que la inhabilita para participar en la próxima contienda. Y por si no bastara, ya embalado, ordena asimismo el arresto de otro de sus adversarios, Arturo Cruz, esta vez bajo el cargo de incitación a la injerencia extranjera.

Doce. Todo esto, en medio de una pandemia a la que se hace frente sin recursos sanitarios, que cobra vidas en una suerte de frenesí sólo comparable con el delirio del poder de un mandatario que cifra a la entera dinastía Somoza. Mejor, justiciera, acorde a su historial libertario suerte merece Nicaragua.

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