CUANDO LA RUTINA NOS ABANDONA

Hace ya muchas letras

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

 

CUANDO LA RUTINA NOS ABANDONA

 

En el Día de la Candelaria, Silvestre ─mi jardinero─ podó mi jardín. De las ramas heridas por el filo impío del machete surgieron fuertes brazos colmados de opulentos racimos de flores magníficas. ¡Portentosa contradicción! Irreverente y verdadera. ¡De la Muerte nace la Vida! Y estos sucesos, de fama irreconciliables, me dejan un aire de tristeza. Estoy segura: usted también ha conocido esa desazón cuando ciertos momentos lo han asaeteado con su apariencia contradictoria: soledad y compañía, tristeza y alegría, trabajo y descanso, viaje y permanencia. ¡Y podemos llevar estas casi imposibles convivencias hasta el extremo personificado por Julieta y Romeo con su amor nacido del odio!

Las relaciones de todo tipo son siempre así: nunca pretenden formas definitivas: lo que hoy es dejará de serlo mañana: así lo ha dicho el saber popular, consciente del orden universal.

Y usted me preguntará a qué viene todo este patético preámbulo. Pues sólo es un dolorido proemio para hablar de la rutina, de la costumbre, de ciertas despedidas. Cuando concluimos una tarea cuya constancia nos había aquerenciado con ella, parece como si la abandonáramos o ella nos abandonara. Todo sentimiento de finitud nos deja un hueco, un vacío, un “¿y ahora qué?” ¿No le ha sucedido eso hasta cuando ha cambiado de pantuflas, de pareja o de cafetera?

Sí, caro amigo, las respuestas reiterativas nos persiguen y nosotros gustamos de esa persecución: ellas nos salvan del suspenso de inventar un hacer cotidiano siempre distinto y, a veces, ¡oh, dioses!, hasta diferente. De los estilos de vida en persistente mudanza surgen los mejores infartos. Y la rutina, sin aspavientos, nos crea un dulce pasar, un saludable vegetar, ¡oh, aurea mediocritas!

Cuando la norma es “dejar pasar”, todo se convierte en miel sobre hojuelas

Sí, ¡pero reconozcámoslo!, esa molicie también nos va descalificando para la lucha en el diario vivir. Todo depende de nuestra historia… naturalmente.

Acaso no debamos atarnos a esas inconsciencias cometidas hasta con los ojos cerrados. Quizá convenga enfrentar lo novedoso, lo aventurado, lo cambiante. El seguir veredas inusuales nos ejercita en una saludable gimnasia: esgrima intelectual y emocional: severa, pero magnífica instructora para el superior caminar de todos los días y para conquistar una brillante agilidad en el florete social.

Los cambios irrevocables nos ofrecen un espinoso coctel con ingredientes un tanto ingratos: desconfianza, intranquilidad, inseguridad: entidades abstractas nada deseables como compañeras, pero a quienes vale la pena no ignorar. Un veterinario de la vieja escuela me contó algo interesante: a quienes trabajan con serpientes venenosas conviene adquirir cierta inmunidad permanente: se logra al ingerir cada equis número de días un poco de veneno de ciertos ofidios hasta su integración en la natural biología del médico. Experiencia radical, no cabe duda, pero conductora de una metafóra valiosísima en cuyos significados conviene detenernos: debemos “saber” de todo y asumirlo: suprema lección de supervivencia. Mientras tanto…

Pero dígame, ¿cómo anda usted de rutinas?, ¿posee un gran catálogo de ellas?, ¿necesita conservarlas o ya lo hartaron?, ¿está haciendo algo al respecto? Ande, anímese y cuénteme… se lo ruego.

 

 

 

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