EL MAPACHE Y LA OTREDAD

Hace ya muchas letras

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

 

EL MAPACHE Y LA OTREDAD

Disfrazado con un seductor antifaz, un temerario mapache entró en mi casa. Supe de su visita cuando me disponía a preparar la cena de mis huéspedes felinos. Gran extrañeza fue la mía al encontrar su vajilla sin una sola croqueta, y en su lugar, una desagradable agua sucia y, alrededor –¡oh, dioses!– ¡lodo! Sí, ¡lodo! Era evidente, allí, en mi cocina, alguien sin modales y con maneras lamentablemente odiosas, había participado de los alimentos de Ulises y Salomé. Era urgente saber dónde estaría ese atrevido merodeador. Lo intuí disfrutando de mi jardín.

Desde el ventanal de mi estudio le pregunté a la Noche y me topé con unos ojos inquisidores: era él, bajo las ramas de mi indemne copa de oro obligada a tolerarlo. Había descendido por ella y, aposentado, se mantenía a la espera de algo… sí, naturalmente, ¡de comida! Era muy alto, magnífico, soberbio: su aire de bandido carnavalesco lo hacía poseedor de una mirada anhelante, casi humana. Su esbelto pero fuerte corpachón parecía en vilo… Decidí salir para imponer respeto. Mi presencia sería suficiente para alejarlo. Después de todo, él sólo era un mapache; bellísimo, pero mapache. Y salí como corresponde a todo ser consciente de su superioridad en la cúspide de la escala zoológica.

Allí estábamos. Frente a frente. Me miró y clavó en mí toda su atención. ¡No le inspiré miedo ni respeto alguno!, ¡ni la menor muestra de rendibú! Expectante, me observaba… Intenté aproximarme para ahuyentarlo y ¡él se acercó! Pero, ¿qué podía hacer ante esa conducta irreverente?, ¿acaso ignoraba mi condición de ser humano?, ¿desconocía mi estatus?, ¿no aceptaba mi hegemonía sobre él?

¡No! ¡¡Él no huyó avergonzado de estar en un sitio sin haber recibido invitación!!  Atentamente, miró mis manos… ¿temía alguna agresión y, en guardia, se disponía a la pelea? Se allegó un poco más. Y en ese momento lo supe… sí, soy una figura conocida para él: tengo la apariencia de otros con aspecto semejante, con ropas semejantes, con petulancia semejante, otros de quienes ha recibido algunas viandas; otros, ¡oh, dioses!, ofensores de su persona. Ahora sólo me estudiaba… ¿a qué bando pertenecía? al protector o al predador. Mi posición estática le mostró mi pertenencia a la variedad anodina y curiosa de “visitante de zoológicos”: seres incapaces de ofrecer una galleta con amor. Indiferente, supo que no recibiría obsequio alguno, me dio la espalda, subió por mi copa de oro… y se fue…

Me sentí humillada. Una profunda tristeza se apoderó de mí al verlo partir, ¡pero agradecí ese golpe bajo a mi humana soberbia! ¡No supe relacionarme con él! Allí reconocí mi pertenencia a la otredad. ¡Yo era sólo un ser humano!, ¡un ente con un cruel y vergonzoso comportamiento, como el de tantos!.. ¡exactamente como el de tantos!… Y comprendí, con claridad incontrastable, la teoría del “otro”. No pensé en Husserl ni en Todorov, mucho menos en Heidegger, ¡pero comprendí! Sí, somos el otro, entre otros, ese otro a quien nos empeñamos en desdeñar.

¡Nunca he recibido una lección tan luminosa como la que, en la nocturnidad, me envió la Madre Naturaleza en la prístina gallardía de un hermoso emisario cuya presencia, indudablemente, Heidegger hubiera amado!

¿Me leerá otra vez? ¡Gracias! Se lo agradeceré muchísimo.

 

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