¿República de las Letras o monarquía?

¿República de las Letras o monarquía?

Héctor Sapiña

 

Ni feudo, ni república, el país de las Letras se encuentra en el tránsito de la monarquía parlamentaria hacia la “democracia” occidental. Pronto será mucho más cercana al intercambio de jugadores de la NBA y de la FIFA que a la utopía de las ideas. No hay ya generaciones, ni movimientos, ni grupos, ni propuestas estéticas, hay clubs.

 

Bajo el pseudónimo de Fósforo, Alfonso Reyes publicó en 1918 el artículo “En los campamentos del cine”, donde describía la dinámica social al interior de los estudios de Hollywood, un espacio prácticamente autónomo donde los grandes directores y productores imponían su propia legislación feudaloide. Como sabemos por infinidad de escándalos (o chismes), el fenómeno se intensificó durante todo el siglo XX y gran parte de las industrias mediáticas latinoamericanas y asiáticas siguieron el ejemplo como buenos borreguitos. También es sabido que lo mismo sucede en las compañías de teatro, mucho antes de la invención del cinematógrafo, y, más allá del espectáculo, también en los círculos de intelectuales e incluso en las ciencias.

Actualmente el sistema ha rebasado la edad feudal y depende, más bien, de redes de contactos. Éstas forman parte de la sociedad humana desde la prehistoria. Es parte innegable de nuestra naturaleza y no es aventurado considerarlas requisito para la supervivencia de la especie, pues se encuentran en la base de todas las economías. Pero, ingenuos como nos gusta ser, uno tiende a pensar que las artes y la cultura se encuentran exentas de realidades tan incómodas. Pierre Bourdieu nos tiró el teatrito demostrando que, en la sociedad capitalista, la misma competencia que se ve a diario en el ámbito mercantil se manifiesta también en el campo intelectual. La diferencia es que se juega con una moneda diferente: la producción cultural. Y, así como nuestra política y nuestra economía mexicanizan los modelos internacionales, también en nuestra literatura hubo una adaptación del campo intelectual: José Luis Martínez habla de “caciquismo” y Julius Petersen de “caudillismo”. Mientras Altamirano y Reyes administraron la cultura con un modelo paternalista (en el mejor sentido del término… esperando que lo haya), Paz y Fuentes administraron… cárteles intelectuales.

Quién sabe cómo se alimenten los artistas y los investigadores cuando se inician, lo importante es ingresar al juego de tronos. Escribir no es un talento, es una técnica. En este mundo, los obreros son los correctores de estilo: saben escribir, pero no poseen capital humano (contactos) para incrementar el valor de su propia escritura, entonces laboran con materiales ajenos. Por lo tanto, le llamamos “redacción” a su mano de obra (muchas veces hay más mano del corrector y de los llamados asesores pedagógicos, que obra del experto en contenidos o del artista). Estos obreros dotan de infraestructura al país de las Letras. Para ascender de clase también existe la fantasmagoría del mérito: los estudios. Es necesario poseer título de maestría y de doctorado, pero si realmente se quiere entrar en la disputa por la Silla Papal uno debe conseguirse un título de nobleza. ¿Cómo? Ganando premios, primero se publica cantidad, luego se concursa con calidad a nivel nacional e internacional. Sí, seguramente hay algo de mérito en el texto que te hizo ganar el premio (el capital cultural con el que inicias la partida), pero también debe haber algo de capital humano para defenderte ante las Casas ya instituidas.

Hasta principios del siglo XX, se ingresaba a las Casas por cierto abolengo. Con el Centro Mexicano de Escritores (y sus antecedentes) comenzó el desarrollo del sistema de patrocinio: el viejo heredero de abolengo llama talentos y ellos vienen a él. Poco a poco los intereses del patrocinador se volvieron los intereses del “joven escritor”, como lo llaman las convocatorias. Y, actualmente, cuando el joven es iniciado en el verdadero campo de disputa, sus ideas no son ya tanto sus ideas, sino las de la Casa que lo adoptó. (Mientras tanto, los científicos y tecnólogos investigan).

El estilo y los parámetros de escritura son aquí un resultado de múltiples censuras. Ejemplo actual: “la perspectiva de género”. Lo que debiera impulsarse como auténtica lucha por la emancipación de género, se ha vuelto un requisito para vender la creación y la investigación. Terreno peligroso, mejor no continuar por esa rama. Sin embargo, pese a las múltiples limitantes temáticas y retóricas que los patrocinadores imponen al joven escritor, algo de sí sobrevive, y eso es lo que debe resaltar más cuando se produce a sí mismo (“producción” entendida del mismo modo que con Beyonce, Shakira y Ariana Grande). Así el joven llegará a la vida adulta con ofertas de múltiples patrocinadores.

Ni feudo, ni república, el país de las Letras se encuentra en el tránsito de la monarquía parlamentaria hacia la “democracia” occidental. Pronto será mucho más cercana al intercambio de jugadores de la NBA y de la FIFA que a la utopía de las ideas. No hay ya generaciones, ni movimientos, ni grupos, ni propuestas estéticas, hay clubs. La cuestión es: ¿la mente creativa e inquisitiva madura al mismo ritmo que la psicomotricidad del deportista? ¿Es posible un Michael Jordan de las letras a los 25 años?

 

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