¿CUÁL SENTIDO PREFIERE USTED? Robo calificado, de Lucía Rivadeneyra

Hace ya muchas letras

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

 

¿CUÁL SENTIDO PREFIERE USTED?

Robo calificado, de Lucía Rivadeneyra

 

¿Alguna vez se ha preguntado usted cuál es el sentido más disfrutable? Pero, por favor, no me vaya a decir: ¡el “sentido común”! No, mi amigo, usted y yo no somos de ésos. Veamos: todo depende del carácter, de la raza, de la tensión arterial, del tipo sanguíneo, quizá del signo zodiacal, a lo mejor hasta de la familia a la que se pertenece. La cultura también hace mucho por nuestra proclividad sensorial, tanto para fomentarla como para reprimirla: hay devotos de la otorrinolaringología para quienes la vista y el tacto no son “sentidos”. Y para los poetas cada sentido es una ventana hacia la conciencia. Oiga esto:

Limpios de lágrimas, secos de sueño

deposito mis ojos azorados

en tus manos de lumbre,

como mártir de antaño

como insomne mujer

de colmenas saladas.

 

Mire nada más qué manera tiene esta poeta de hacernos saber su pertenencia a la tradición de las mujeres que saben llorar, se aguantan como las buenas, se la juegan ¡y todo lo esperan de un maravilloso “manos de lumbre”! ¿No es ésa la fórmula tradicional de las enamoradas o deseantes?

 

Mis manos rememoran tus huidas

se apoyan en los brazos, en los hombros,

se aferran a los dedos y a las uñas,

se envuelven con los vellos del recuerdo.

 

 Después de esto, ¿quién puede ignorar el tacto como sentido capaz de mantener vivo el recuerdo en todo lo grabado en la piel? Es la voz de Lucía Rivadeneyra en su libro Robo calificado (Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta, 2003). Estoy leyendo su sección “Los sentidos”. Continúo:

 

El deseo se huele igual que él

y tu olor de lobo en plena caza

tu acidez de pasto mutilado,

tu aroma de guerrero

hacen que te me antojes desde lejos.

 

 Esto es el olfato y lo demás son cuentos. ¿Y el oído? Escuche usted:

 

Mi laberinto tibio

resguarda el secreto

de tu euforia más íntima,

con blandura de tímpano

con nobleza de estribo

con desnudez de yunque

con pasión de martillo.

 

Y usted, mi amigo, ¿con cuál sentido se identifica más?, ¿a cuál de todos le entra con más entusiasmo? Desde luego no creemos que son sólo cinco, ¿verdad? Estoy segura: usted y yo nos entendemos bien en esto: de cinco preferimos cinco: cada sentido ofrece un mundo de sensaciones inagotables. Si no fuera así, dígame, ¿qué sería de nosotros si nos viésemos privados del canto de los pájaros, de las sonatas de Beethoven, de los golpes de la lluvia? ¿Y si nos abandonan los colores, si se van los crepúsculos y la agresiva pintura del Doctor Atl? ¿Y los sabores?, ¿se resigna a no volver a probar el mole de guajolote o a no sentir las burbujas ámbar del champagne haciéndole cosquillitas en la lengua? ¿Y qué nos pasaría si en nuestros dedos no se entreverara más la cálida y aterciopelada pelambre de nuestro gato, o si el aroma de nuestro perfume preferido ya no quisiera adherirse a nuestra piel? ¡Todos los sentidos nos hacen falta! Sí, mi amigo, ni a cuál ir. ¿O no lo cree usted así? Por favor, no vaya a contradecirme…

 

 

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