OTRA FUNDACIÓN

OTRA FUNDACIÓN

Fernando Curiel

 

 

Uno. No presumo ni por pienso que la idea sea original. Además de a quien suscribe se le habrá ocurrido a historiadores, arqueólogos, urbanistas y urbanitas mientras recorren, todavía embozados, la Ciudad de México, su desdibujo, ausencia manifiesta de linderos, el mazacote en que se ha convertido.

Dos. Pero encontrarla manifiesta y con todas sus letras en un enterado de la capital (la capital tal y como era digamos hasta la construcción de la Línea Uno del Metro), no deja de brindar un inútil consuelo ahora que nos entretenemos con el asunto de la fundación y ulterior destrucción de Tenochtitlán. ¿De quién hablo?

 

Tres. Sí, lo adivinó usted, hablo de Salvador; amén de cronista de la Ciudad de México, autor entre otros títulos de Nueva grandeza mexicana, aparecido en 1946, que sigue ostentándose como pleno paseo de una ciudad en la que su centro y extensiones como La Alameda, la Avenida Juárez y el Paseo de la Reforma eran obligado punto de reunión y encuentro.

Cuatro. ¿De qué idea se trata? Aparece en alguna de sus páginas, según recuerdo, de las dedicadas a la vida en México en los periodos presidenciales de Lázaro Cárdenas a Gustavo Díaz Ordaz. Del nacionalismo en su punto más alto, a la crisis creciente del sistema, que, por falta de actos reflejos reformistas del poder en el Poder, estallaría en 1968. Para qué detenernos en lo que siguió.

Cinco. Torno a la idea traída a cuento. Que no es otra que la que fantasea que la fundación de la ciudad novohispana bien pudo seguir un curso diametralmente opuesto al que siguió. En vez de trazarla sobre las ruinas y despojos, antes motivo de admiración por su emplazamiento y avanzadas soluciones urbanas, de la ciudad original, el conquistador tuvo la opción de fijar una práctica futura.

Seis. Novo especula que la nueva ciudad se hubiera edificado fuera de la indígena, asentamiento novohispano sobre el que no se amontonaría el del México Independiente, ni sobre este los que lo sucedieran porque también tendrían sus espacios propios. De tal suerte que en un momento cualquiera del futuro se pudiera contemplar (vaya, como ocurrirá a partir de los cincuenta en el restaurante Muralto de la Torre Latinoamericana) un mosaico con un nombre común.

Siete. Don Salvador llega al extremo de que cada una de estas Ciudades de México, correspondientes a las diversas etapas nacionales, conservara las señales identitarias en cuanto sistemas de transporte, iluminación, esparcimiento, usos del día y de la noche, etcétera. De tal manera que el observador contemporáneo captara la imagen integral de cada una de las capitales.

Ocho. Es de imaginarse, deteniéndome en el transporte, la concurrencia de canoas, tracción animal, calesas, tranvías, automotores; y en la iluminación, la de hachones, faroles alimentados por grasas, focos, alumbrado público. Por no referirnos a los atuendos y prácticas sociales propios del orbe indígena, la ciudad española, la afrancesada, la moderna, la de estos días bajo amenaza.

Nueve. Espectáculo que excede la desmelenada inventiva de Disneyland. Lo Inconcuso es que en vez del palimpsesto al que (de lamentarse es) nos hemos acostumbrado, la Ciudad de México mantendría la sucesión en el tiempo, demarcada con nitidez por su propia historia.

Diez.  Cada una de tales urbanizaciones contarían con sus cronistas, los que ya ejercieron tan digno papel y los por venir (mientras que desde buen tiempo atrás a este 2021, Segundo Año de la Peste, la crónica citadina sufre de inevitable fragmentación, imposibilidad).

 

Once. Sin llegar al punto extremoso que plantea Novo, de la conservación integral de cada Ciudad de México, me parece que no sería traicionarla, cierta simbiosis o préstamo de elementos a modo de clavijas que engarzaran pasado y presente.

Doce. Pienso en rasgos de lo contemporáneo apareciendo en la más remota antigüedad, o de esta en siglo XIX, o elementos de las dos anteriores, en la actualidad.

Trece. Para nada juzgo ocioso echar al vuelo la imaginación cuando en el programa oficial de festejos patrios, que bien pudo absorber (¡y ya!) el bicentenario de la Consumación de la Independencia Mexicana de España, se retrotrae a tiempos precortesianos. Remirados como fundación y como destrucción. Aquí me he detenido en lo primero.

Catorce. La clara utopía de otra fundación luego de la caída de Tenochtitlán.

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