“SIEMPRE GALLINA AMARGA LA COCINA…”

Hace ya muchas letras

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

 

“SIEMPRE GALLINA AMARGA LA COCINA…”

 

En su famosa “nivola” Nada menos que todo un hombre, Don Miguel de Unamuno refiere las desdichas de Julia, joven y hermosa “belleza oficial” de su pueblo a quien sus padres, para saldar la deuda económica familiar, la casan con un hombre poderoso. Y en ese tradicional matrimonio cada miembro de la “sociedad” reclama sus derechos: él, la posesión y el respeto; ella, la devoción y la fidelidad, a más de todo lo nunca dicho, pero siempre asumido: la provisión de los gastos, la solución de los problemas, los convencionalismos religiosos, la respetabilidad, etc. Posesión, respeto, devoción, fidelidad, ¡por todos los dioses, qué palabras! En la semántica contemporánea, ya tienen un eco exótico. Pues bien, un día, la bella Julia pilla a su cumplidor marido con la porqueriza en la degustación de la voluptuosidad del pringue. La ingenua Julia, cuya inalterable convicción de lo perfecto de su belleza es absoluta, se siente ofendida, pero no por la falta obvia identificada de inmediato por nosotros. No, su pobre cabecita de mujer respetada y posesa del espíritu del Matrimonio, se devana los sesos ante algo superior: ¡¿su marido es capaz de probar platillos de baja estofa, a pesar de tener en casa a la mujer más bella de la comarca?! Y la natural respuesta le llega de manera abrupta por el marido todopoderoso: “Siempre gallina, amarga la cocina. Eres demasiado hermosa para diario”. Después de estas contundentes premisas, el final es obvio: ella muere, pero él también: ha descubierto que la amaba… y debía seguirla.

La historia está organizada para revelar ciertos matices sociales relativos a la Belleza y su función social. Unamuno deja asentadas varias propuestas: la Belleza, como otros tantos valores, es un bien lujoso ante cuya contemplación se corre el riesgo de caer en la monotonía; las “bellezas oficiales” son muñequitas ignorantes y pueden ser victimadas con facilidad, especialmente por su familia; la Belleza es un don comercial con muy buen precio si se sabe jugar con él en la bolsa… matrimonial; las mujeres adoradas por su belleza se convierten en un bibelot presumible y… las mujeres oficialmente bellas son siempre desdichadas.

Esta sucesiva serie de afirmaciones es muy agresiva y no del todo ficticia. La primera puede ser aplicada en otros niveles: la monotonía puede causar daño aun a bienes y valores tan altos como la Belleza y, quizá, a otros más importantes e igualmente universales. De aquí podemos desprender algunas ideas: todos los bienes deben ser alternados con otros bienes… o con otros males.  Y si la Belleza fatiga nuestros ojos cuando es panorama único, así mismo habrá de suceder respecto de otras situaciones: el trabajo, el descanso, los paseos, las relaciones humanas. Y mucha verdad hay en esto. La Felicidad misma podemos valorarla mejor cuando hemos sufrido algunas peripecias ingratas. La opulencia ha de disfrutarse mayormente cuando se ha conocido la escasez. La Paz debe ser un don inapreciable y casi mágico para quien ha vivido momentos de violencia. Y el Amor. Y la Harmonía. Y la Naturaleza. Y la Salud. Y el Hogar…  Siempre dicha, siempre triunfo, siempre perfección debe concluir, indudablemente, en una grotesca monotonía.

Convenimos con Unamuno en ciertas conclusiones: debemos estar dispuestos a probar toda experiencia para acrecentar nuestra capacidad receptiva; no debemos confiarnos en alguna virtud que poseamos y, mucho menos, entregarle nuestra seguridad; es necesario mantener una constante gimnasia intelectual para evitar nuestra oxidación. En fin, cada uno de nosotros tendrá sus propias proclividades según su capacidad física, según su historia.

La perfecta Julia, mujer representativa de una sociedad muy específica, es una mujer anquilosada en el autoconvencimiento del valor de su belleza: mientras ella sea hermosa, su marido le será fiel sin el menor esfuerzo. Su quietismo en la parte racional de su relación matrimonial, fundada en principios tradicionales, la conduce hacia una vida infeliz y a la muerte.

Unamuno sostiene la urdimbre de su obra en un macizo eje donde los elementos ficcionales pueden ser sustituidos por otro tipo de relaciones: éticas y estéticas, familiares y cívicas, comerciales e intelectuales, políticas y religiosas, sociales y empresariales… y en todos los casos la interacción de los elementos de su estructura es impresionantemente válida: puede funcionar. Admirable, ¿verdad? ¿O no lo cree usted así?

 

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