EL  LUJO  ETERNO

Hace ya muchas letras

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

 

E L   L U J O   E T E R N O

 

Sí, en efecto, me refiero a la obra de Gilles Lipovetsky y Elyette Roux: El lujo eterno (Anagrama, 2004). Pues hablemos de él, pero empecemos por precisar a qué podríamos llamar lujo: ¿al acumulamiento de bienes preciosos no útiles y, por supuesto, muy apetecidos por algunas sociedades en sus intercambios y, en ocasiones, elevados a horizontes ceremoniales? Escuchemos al sabio diccionario de la RAE:

 

(Del latín luxus). Demasía en el adorno, en la pompa y en el regalo. // 2. Abundancia de cosas no necesarias. // 3. Todo aquello que supera los medios de alguien para conseguirlo. // -asiático. El extremado

 

¿Por qué algunas veces lo no útil adquiere niveles fastuosos? Sólo se me ocurre pensar en los obsequios para personas “que lo tienen todo”, “que no necesitan nada” y a quienes nunca asociaríamos con los necesitados de una tortilla, entre otras urgencias. No se trata de calmar el hambre y la sed de los desposeídos ─ese arte ejercido por las asociaciones caritativas gustosas de estos lamentables oficios y cuya existencia sólo tiene explicación a través de ellos. Se trata de poseer o de regalar objetos dignos de no ser “usados” jamás. ¿A quiénes?, ¿a nuestros “amigos”? ¡No! También a nuestros “enemigos”: los “presentes” liman “asperezas”, procuran “alianzas”, consiguen “contratos”, logran el maravilloso “don de olvidar”. Lo sabemos bien: esta clase de envíos nos representan.

El boato, con su brillante y áurea cauda, conduce al progreso y no al progreso vital, sino al cosmos jerárquico, casi teológico ¿Se ha fijado usted en la parafernalia desplegada por algunas religiones? No cabe duda, los fastos poseen una gran importancia sustentadora de las sociedades de todos los tiempos.

¿Coincidiría usted conmigo en que todo lo esplendoroso también tiene sus seguidores minúsculos? La importancia de obtener esta clase de objetos ha dado lugar a la industria de las imitaciones y de los sucedáneos baratos: ¡el mayor éxito del siglo! ¡Ropa, perfumes, accesorios, lencería, muebles, electrodomésticos, tecnología!… mientras el lujo, alígero, vuela sobre las conciencias de los voluntariados nacionales e internacionales.

Y no olvidemos otra clase de valores “socialmente” importantísimos:

“Escaparate del hombre”, la mujer, por mediación del vestir, se encarga de exhibir la potencia pecuniaria y el estatus social del hombre. Eso es innegable, mas a condición, no obstante, de no atenerse únicamente a la mera función de consumo vicario que asimila el papel representativo de la mujer al de los criados y otros empleados domésticos que llevan librea.

La dignificación de la estética femenina –dice Lipovetsky– fue necesaria para ejercer la inversión moderna de toda ostentación en beneficio del segundo sexo. Esto explica la obsesiva clientela mujeril en los productos “preciosos”, incluida la sacralización del cuerpo: ejercicios, masajes, prótesis, dietas, cirugías. Todo para celebrar en himnos “las antiguas armas de Satán hoy convertidas en objetos de alabanzas ditirámbicas y consideradas como la imagen de la divinidad, la obra maestra de Dios”.

¿Y habrá otra manera de mirar este asuntillo? ¡Naturalmente! El lujo insolente convertido ─desde una mirada sociológica─ en espectáculo para los “pobres”, devotos admiradores de plumas y hopalandas en cabezas y hombros estatuarios, en pieles marmóreas aromatizadas con fragancias encubridoras de carencias abisales. Paradójicamente, el mundo rimbombante se convierte en diversión circense de los desposeídos, ávidos de mirarlo todo y de reír a carcajadas de los adornos y los brillos espectaculares. ¿Ha presenciado usted algún desfile de modas de última hora firmado por un modista “del momento”? Se lo recomiendo: es la mejor ilustración de estas ideas.

¡Sí señor!, todo tiene su razón de ser. Pero ahora, aquí entre nos, ¿usted ha tenido tentaciones suntuarias?, ¿o prefiere la realidad monda y lironda?

¿Platicaremos pronto? Gracias. Será un lujo para mí.

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