La espiritualidad en el arte de Hilma af Klint

La espiritualidad en el arte de Hilma af Klint

Elena Escalante Ruiz

 

En 2013, el Moderna Museet, de Estocolmo, presentó la exposición: Hilma af Klint: A pioneer of Abstraction, causando polémica entre críticos y curadores. El motivo de esta discusión gira en torno a una cuestión al parecer clave: ¿Af Klint desarrolló su peculiar estilo abstracto antes que Wassily Kandinsky, Piet Mondrian y Kazimir Malevich, considerados los pioneros de la abstracción? Si bien, la pregunta acaso sea relevante para curadores y críticos —en su afán por construir definiciones genéricas y estilísticas— a muchos sólo nos interesa disfrutar, comprender su obra y, por lo tanto, nos limitamos a apreciarla.

Hilma af Klint nació en Suecia en 1862 y fue una de las primeras mujeres en ingresar a la Real Academia de las Artes de Estocolmo (1882), donde se graduó con honores y fue distinguida con un taller en el Edificio de la Academia (Kungsträdgården). Ahí pintó durante los primeros años de su carrera. De este periodo, encontramos virtuosos retratos y paisajes que le dieron prestigio e hicieron posible su subsistencia.

Desconocida por muchos, Af Klint sorprendió al mundo en 2013, cuando por primera vez fueron expuestas 230 de sus obras, de las cuales 193 pertenecen a la serie titulada Pinturas para el templo, realizadas entre 1906 y 1915. Estas pinturas no estaban destinadas a un edificio o lugar determinado; el título de la serie podría tener un sentido metafísico, a manera de metáfora: basta recordar los intereses teosóficos de la artista para sugerir esta idea, pues fue una ávida lectora de Mme. Blavatsky y Rudolf Steiner (que visitó el taller de la artista en 1908 y vio algunas de las primeras obras de esta serie). Inclusive, sus biógrafos aseguran que la Orden de los Rosacruces fue una importante fuente de inspiración para ella.

Las primeras Pinturas para el templo (1906–1908), están compuestas por formas orgánicas de vívidos colores, que podríamos encontrar en la naturaleza o viendo a través de un microscopio. En años posteriores (1909–1915), las composiciones evolucionan hacia figuras geométricas. Para algunos, el triángulo equilátero, presente en muchas de sus pinturas, simboliza los ciclos de migración del espíritu al mundo material. Para otros, el triángulo equilátero podría representar el desarrollo ascendente del Ser. Como sea, resulta ser un símbolo central en culturas milenarias y una figura primordial en la geometría sagrada, que Af Klint conocía perfectamente, pues está representada de múltiples maneras en sus obras.

Hilma af Klint pensaba que la realidad no se limitaba a la dimensión física, sino que implicaba un mundo interior, tan real como el exterior. De esta manera, las Pinturas para templo están creadas a partir de experiencias de la artista, en contacto con seres incorpóreos: “Los cuadros fueron pintados directamente a través de mí, sin ningún dibujo preliminar, y con gran fuerza. No tenía idea de lo que se suponía que las pinturas debían representar; sin embargo, trabajé con rapidez y seguridad, sin cambiar una sola pincelada.”

La obra de af Klint es intrigante: se trata de una cosmogonía que aún no ha sido descifrada, pues apenas comprendemos su lenguaje. Al parecer, la artista se preguntó cuál era el mensaje impreso en las pinturas.  En la página de la fundación que lleva su nombre se lee lo siguiente: “Hilma af Klint envisioned that her work would contribute to influencing not only the consciousness of people in general, but also society itself.” (Hilma af Klint imaginó que su trabajo contribuiría a influir no sólo en la conciencia de las personas en general, sino también en la sociedad misma). Hilma pensaba que sus obras no iban a ser comprendidas por sus contemporáneos, por lo que decidió que estas fueran expuestas 20 años después de su muerte. Murió en 1944.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

 

 

 

 

 

Un pensamiento

Deja un comentario