Famas perturbadoras

HACE YA MUCHAS LETRAS

Ana Elena Díaz Alejo

 

Famas perturbadoras

 

¿Ha pensado usted en esas obras cuyas luces espléndidas fueron capaces de condenar al resto de sus hermanas a la penumbra? La suave Patria, de Ramón López Velarde, apadrinada por José Vasconcelos y por el presidente Álvaro Obregón, se elevó por los cielos y tendió su manto policromo sobre toda la poesía del ilustre zacatecano. ¿Y qué sucedió con la Muerte sin fin de José Gorostiza?, ¿o usted recuerda al poeta por algún otro de sus poemas? Esta ley parece cumplirse siempre. En cuanto mencionamos a Goya emerge La maja desnuda, y hasta nos olvidamos de la vestida; ¿y su pintura política?, ¿y sus documentos históricos?, ¿y ese maravilloso catálogo dieciochesco de poderosos y no poderosos? Y en el caso de José Zorrilla, ¿hemos leído o visto algo más además de su Don Juan Tenorio? ¿Y qué nos sucede a nosotros cuando apenas escuchamos el nombre de Juventino Rosas?, ¿no acaso surgen desde nuestro más flébil lirismo los compases del vals Sobre las olas, y no tenemos empacho en ignorar el riquísimo repertorio musical del gran compositor? Y a la extraordinaria Sor Juana Inés de la Cruz ¡la hemos condenado como pobre autora de unas facilonas redondillas estigmatizadas como himno por la grey femenina no lectora! ¿Y su Primero sueño?, ¿y sus poemas nacionalistas?, ¿y el México que irrumpe de entre su obra?

Sí, es indudable, ha habido textos trascendentes en el tiempo y en el espacio, ciertamente, pero nublan el camino hacia el conocimiento del artista y nos dejan ayunos de su prolífico trabajo, de sus aportaciones al arte y, tristemente, no los podemos contemplar a la luz de juicios más certeros.

Un buen ejemplo es el célebre madrileño, aristócrata, gran soldado y capellán de los reyes de España, Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), conocido fervientemente por La vida es sueño: recuerda aquello de

 

¿Qué es la vida? una ilusión,

 una sombra, una ficción,

 y el mayor bien es pequeño;

 que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.

 

 cuyos versos han sido repetidos, desde la princesa altiva hasta la que pesca en ruin barca, como dijo el patético Don Juan, de Zorrilla:

Pues don Pedro debe su aura de escritor universal no sólo a su comedia inolvidable en todos los escenarios, sino a su vasta producción literaria, honrada debidamente por la crítica del eminente polígrafo del siglo XIX: don Marcelino Menéndez y Pelayo. La significativa contribución calderoniana al auto sacramental y al teatro dramático fue definitoria del género. Sus magistrales recursos dejaron al descubierto el mundo íntimo de la sociedad de su época. Como dramaturgo, ¡Calderón de la Barca llevó a su plenitud el teatro barroco!

Le recomiendo el Teatro breve, de maese Calderón de la Barca. Sus versos apresaron tradiciones inalterables y aún nos elevan el corazón. ¡Su caso no es único. Vayamos más allá de esos pórticos galanos cuya oportunidad fue tan excepcional como encubridora, quizá, de otras joyas de más altos kilates y, tal vez, más dignas de la permanencia. ¿O no lo cree usted así?

 

 

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