Cómo te voy a olvidar por Rosana Curiel Defossé

Cómo te voy a olvidar

(sí, le atinaron, de los Ángeles azules)

La referencia familiar durante años fue la del primo Jini, el guapo que trabajaba en la UNAM haciendo quién sabe qué.

Por ahí de 1985 en medio de un mar de vida tempestuoso y repleto de confusiones, volvimos a encontrarnos al sur del entonces D. F. El reencuentro fue primero con Guadalupe, su hermana menor, con quien compartí momentos en su casa de Taxco que me marcaron desde la infancia y a quien dejé de ver casi veinte años por esas mareas rompemadres que de pronto hay que enfrentar y sortear. Las dos primas más chiquitas y muy hermanas que, al volver a verse, quedaron de nuevo enganchadas por el cariño y por dos tipos de orfandades distintas, pero muy poderosas. Insegura como un puente armado con cerillos a punto de encenderse en cualquier momento, encontré en mis primos un refugio amoroso y divertido al que me aferré por todos los años que siguieron. Jini era, desde la perspectiva de esa veinteañera insegura, muy guapo, importante, arrogante y, sobre todo, un misterio. No captaba el significado de sus ironías, pero lentamente fui descubriendo que ese lenguaje me gustaba y empecé a sentirme cómoda con ese juego verbal que me atrapaba y me parecía un reto a la inteligencia. Era un desafío hablar con él, comprender los subtextos, los sarcasmos, el desparramadero de conocimiento. A pesar de eso y siempre montada en el lado de la carretera que transitaba con Lupita, me sentía fascinada por ese primo hermano, demasiado hermano para ser primo, con el que sí compartía algo innegable: la velocidad de pensamiento. En eso sí, me sentía segura estando con él, hablábamos dos idiomas muy distintos marcados por las experiencias vitales de cada uno y por los 14 años de edad que nos separaban, pero a la misma velocidad; era solo cuestión de aprender esa lengua mordaz y brillante que él poseía, además de ponerme a leer toneladas de libros para entender de qué diablos hablaba cuando abría la boca. Y poco a poco nos fuimos sincronizando y con el tiempo me convertí en la prima más cercana después de que todos los demás de su camada poco a poco fueron muriendo y acomodándose en sus propias trincheras.

Gracias a Fer me enteré de anécdotas de la familia que desconocía, no sólo por los años que mi memoria decidió borrar para sobrevivir los huracanes, sino también por ser la menor de 28 primos maternos y 6 paternos que siempre vivió en la luna y observando desde una peculiar cueva de imaginerías todo lo que sucedía afuera.

Luego la vida…

La chamba, las dos hijas nuevas que tuve, las pérdidas y los callejones oscuros en los que a veces terminábamos atrapados nos mantenían resolviendo nuestras propias historias y descifrando cómo dar el siguiente salto al vacío; pero siempre con el cariño intacto y esa complicidad de la locura familiar que compartíamos e identificábamos solo de vernos.

Siempre recuerdo el terror que sentí y que me duró meses la primera vez que me atreví a mostrarle un poema. Estábamos en Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo, era ya de noche cuando me dijo: “es un buen intento”, yo sentí que me habían asesinado con alfileres, pero la sangre derramada coaguló rápido y seguí necia escribiendo. Sin embargo, años más tarde en la presentación de mi libro de cuentos Historias de señoritas, me hizo uno de los halagos más grandes que han recibido mis textos: “Lorena es un cuento que yo hubiera querido escribir”.

Después de años de parrandas compartidas y etapas intermitentes de ausencias, en el 2015 Jini empezó a buscarme con más frecuencia. De nuevo la sorpresa, el redescubrimiento, el ponernos al día siempre con la carta del cariño puesta sobre la mesa. Nuevos proyectos, nuevos retos, nuevos aprendizajes y para mí, lo más sorprendente: una energía y fuerza vital que contagiaba; le puse el apodo: “El millennial de la familia” se enteraba de todo absolutamente, desde los chismes más triviales de la farándula (de la cual vivo abstraída), hasta asuntos académicos y políticos. Emprendió proyectos autónomos, desplegó su generosidad, convocó a gente joven y no tanto, increíble, talentosa; abrió compuertas y propició que se respirara un aire fresco para muchos.

Él y yo compartimos experiencias significativas de esos últimos años que nos habían transformado la vida y de nuevo nos montamos en un carril de amistad recargada y mucho más sólida por el paso de los años.

Después Lupita, esa misteriosa flor de mil aromas que nos había reunido en los años 80, nos mantuvo más juntos que nunca a partir de 2016 cuando establecimos la rutina sabatina de ir a visitarla al hospital, luego al cine y a comer. Las caminatas, la plática, las carcajadas, sus anécdotas siempre fascinantes y divertidas, el sarcasmo, el filo de las palabras y sus intenciones subtextuadas. Las etapas, los cambios, la vida.

Muchas cosas cambiaron a partir del 2018, Lupita se fue, llegó AMLO y Fer se puso de muy mal humor. Yo me mudé a Morelos y apareció el bicho. Reinventándonos a pesar de los pesares, nos manteníamos en contacto. Varias veces fui a visitarlo a Taxco, caminábamos, platicábamos horas y nos reíamos, aunque cada vez la risa era un poco más agria que dulce. Nos vacunamos juntos y toreamos al bicho con dignidad.

No puedo quejarme, mi Fer, el que me tocó, sigue conmigo. Me acompaña desde sus libros, desde los recuerdos y las carcajadas, desde sus enseñanzas. Pocas cosas nos quedaron pendientes, no conoció mi casa de muros de paja, pero estoy segura de que se aparece de vez en cuando y observa cómo crecen los árboles de mangos y de limones que germiné antes de mudarme, de la red que coloqué para echarme a leer y dice una de sus palabras favoritas: “¡Genial!” y no se sorprende de las horas que paso escribiendo porque le parece lo normal en mí. Mi Fer, el mío, me sonríe, me abraza y me aprueba. Vive en mí y yo lo amo.

Rosana Curiel Defossé

Deja un comentario