Fernando Curiel. Encuentros por Edwin Alcántara

Fernando Curiel. Encuentros

Edwin Alcántara Machuca

 

1993

Era yo ―soy― un vago de las librerías y pepenador de ofertas. 21 años. Recién egresado de la carrera de Periodismo. Tienda UNAM. Ediciones universitarias en rebaja. Portada: “Fernando Curiel. Fotonovela rosa/Fotonovela roja. Serie Diagonal, Textos de Difusión Cultural”. Hojeo con avidez. Me hechiza el estudio, el enfoque, la agudeza, las fotografías seleccionadas. La bella ironía: “Tips”, “El código fotonovelero”, “La industria de los nobles sentimientos, de las bajas pasiones”. Quiero hacer algo así. Nunca seré Curiel, ni Mattelart, ni Barthes. Pero puedo intentar algo. Algún día. Cuarta de forros: “Fernando Curiel: cronista, narrador, editor, guionista radiofónico, crítico, estudioso de los medios de comunicación colectiva, nacido en el periodo avilacamachista”.

 

1993/2003

Hurgo entre las mesas de libros en el terreno agreste, terroso, arbolado, con una lona en la entrada: “Gandhi oportunidades”. Ahí suena aún y hiede una vena extraviada del río Magdalena. Esperanzas: toda la colección de Lecturas Mexicanas del FCE a 10 pesos. Difícil escoger: Fuentes, Benítez, Rulfo, Monsiváis, Ramos… Un anuncio me seduce más: “Colección Historia de la Literatura Iberoamericana. 5 pesos”. De no creerse. Salgo con pequeños libros verde oscuro y un plan de lecturas: Cortázar, Sábato, Roa Bastos, García Márquez, Carpentier, Onetti… Onetti: me pierdo en Santa María, la desolación, Larsen y sus mujeres cadáveres… Brinco temporal. 2003. Librería UNAM Henrique González Casanova. “Santa María de Onetti. Guía de lectores forasteros. Fernando Curiel”. Leo: “Ensayista bisoño, descubrí la obra de Juan Carlos Onetti a través de su, quizá, más afamado episodio narrativo: el hundimiento final —desgracia y orín que todo lo devoran— de Jeremías Petrus & Co., empresa armadora (El Astillero, 1961) Derrumbe terminal de la empresa y su gerente general, Larsen. Santa María, espacio del suceso, se convirtió en una de mis ciudades. Igual de vívida y memorable que las “reales”…”. Curiel traza la cartografía de “cuentos, relatos, novelas, consejas, mitos” de Onetti que no logré seguir, mapa en mano. Ignoro que en unos años conoceré al cartógrafo y seré su ayudante.

2008

“¿Qué lees?”, me pregunta en la entrevista de aspirante a becario: sus ojos inteligentísimos miran la biografía de Manuel Gómez Pedraza. Pongo el libro en sus manos. “Pedraza era un cabrón”. Sentencia perfecta. Sólo asiento con un movimiento de cabeza. No me atrevo decir: “Totalmente de acuerdo, Doctor, como todos los políticos del XIX”. Algo de mí despierta su confianza y traza el vasto programa: elencos, escritores, intelectuales, libros, programa cultural, memorantes, memorados… todo lo existente en la Biblioteca Nacional sobre las Fiestas del Centenario de 1910. Después, lo mismo pero de las Fiestas del Centenario de la Consumación de la Independencia de 1921. Paso semanas extraviado en mares de documentos, libros, periódicos. “¡Excelente!”, aprueba cada que le llevo copias de documentos y avances. Debo buscar en otros archivos. Me encarga que le recomiende un nuevo becario para el Campo Letras del proyecto. Ni mandado a hacer mi amigo Octavio Olvera. Reunión en Sanborns de Loreto del pleno de coordinadores y becarios del proyecto con el historiador Carlos Altamirano. Oportunidad perfecta. Nunca había visto a Octavio de saco. Cuaja muy bien la química Curiel-Olvera. Octavio lo sabe todo y además es detective: rastrea minucioso los acervos del AGN, SRE, BN y toda biblioteca, acervo, librería o pista que se atraviese a su olfato. Excava kilos de hallazgos. Desata caudales de documentos. Unos años atrás —quizá 2005— le conté un sueño a Octavio: “Soñé que a ti y a mí nos daban la beca Francisco Bulnes de investigación”.

 

2014

FIL del Palacio de Minería. Calor primaveral. Sudo entre el gentío que hojea y manosea libros en los stands. Nunca llego a tiempo. Increíble: al fin presentaremos Darío en México. Un ambiente enrarecido, bajo la batuta de Fernando Curiel ¿Cuánto tiempo tomó? Mejor no hacer cuentas. Octavio y yo compilamos artículos, documentos y escribimos la crónica del Día a día de la extraña visita del invitado y desinvitado Rubén Darío a las fiestas porfirianas del centenario de la independencia de México en 1910, tras ser nombrado por un presidente depuesto. Seguir cada paso, cada huella, la estela del barco La Champagne, tomó tiempo. Contrastar hechos, testigos, personajes, cartas. Visitar muchas páginas de periódicos. Nunca hicimos ese viaje a Veracruz para recuperar indicios, escudriñar El Dictamen, imaginar el paisaje que vio Darío entre multitudes aclamatorias. Fotografías del acto: salón de Rectores (con sus retratos al óleo); el Doctor Curiel —la afilada mano con un gran anillo se posa delicada en su mentón— escucha atento nuestras presentaciones. Tras el acto, escapo, me escabullo entre la gente. Octavio me encuentra, me atrapa. Celebramos con el Doctor Curiel nuestro gran golpe con una comida en El Danubio.

2018

Filológicas. Entrego el dictamen de un libro. Luego, instintivamente, camino por el largo pasillo de los cubículos de investigadores. Sé, presiento que está ahí. La puerta abierta. Me asomo. “¡Buen amigo!” Se pone de pie pese a que tiene un brazo enyesado. Me recibe con gusto, con sorpresa. Sé que mi visita lo anima. Platicamos un poco. Habla de sus proyectos. Del libro sobre los últimos días de Justo Sierra que hemos prolongado tanto, como otros proyectos. Su mirada siempre luminosa, vivaz, inteligente, me ilumina como un reflector. Se pone de pie y busca en su anaquel. Me regala dos de sus libros: FC, confidencial y Diario Taxqueño. Necesaria, debida, escritura autobiográfica. “Literatura del yo”, me decía cuando era su becario. Prometo regresar. Leo camino a casa. “Me cuenta mi madre que nací entre 9 y 10 de la mañana. Berreé, pues, succioné ajeno a las radionovelas de la XEB; a la programación vespertina, no había matutina, de Radio Universidad; al concierto nocturno de Pedro Infante en la W”.

 

2022

Sueño. Al fin recuerdo un sueño. Estoy en una oficina con el Doctor Curiel, Octavio, Toño y quizá alguien más de los chicos que han trabajado en sus proyectos. Es una oficina moderna, con algo de minimalista, pero a la vez con muebles, objetos y detalles de mediados del siglo XX. Usamos trajes de distinto estilo. Cada uno en un escritorio, como en la redacción de un diario. Pero trabajamos en una investigación que publicaremos. Oscurece y la penumbra invade la oficina. Pero no hay focos ni lámparas prendidas. Como si se hubiera ido la luz. De pronto, sólo estamos el Doctor Curiel y yo. Todos se han ido. Él, con su sombrero y saco puestos, se acerca a mí y se inclina para mostrarme su reloj de leontina. Me dice: “Ya es hora, buen amigo”. En la penumbra no distingo bien las manecillas. “Sí, Doctor, ya es hora”, le contesto por reflejo. Entiendo que es hora de salir del trabajo. Reviso mi reloj de pulso, pero no logro ver la hora. Con el movimiento, tiro del escritorio un objeto. Quizá una pluma. Busco por el suelo pero no veo nada. Cuando me levanto, el Doctor Curiel ya no está. Miro alrededor, pero es como si hubiera desaparecido. Me doy cuenta de que no lo volveré a ver. Lloro sobre el escritorio con una terrible y profunda tristeza. Despierto. El llanto sigue.

Deja un comentario